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Wim Delvoye

Una crítica al corazón del capitalismo. También un poco de ruido mediático. Wim Delvoye es uno de los artistas belgas mejores cotizados. Sus obras más conocidas son los polémicos cerdos tatuados, que llegan a valores de 120 mil euros cada uno. Pero su creación máxima es Cloaca, una máquina que reproduce con exactitud los procesos químicos de la digestión, desde el alimento concreto hasta la última etapa: la expulsión de materia fecal. Algunos lo consideran el artista más grosero del mundo. No es para tanto.

Delvoye nació en 1965, en Wervik. Desde sus inicios refleja en sus obras una dosis importante de humor. Por ejemplo, para la instalación El origen de las especies reunió durante una década las etiquetas de una marca de quesos, con la intención de crear una reflexión visual sobre la relación entre el capitalismo y la biología. El eje fue trabajar sobre la historia de la etiqueta y el desarrollo de la marca.

En Siete consideraciones sobre sexo X, Delvoye fotografió a una pareja heterosexual teniendo sexo en distintas posiciones con una máquina de rayos X. La búsqueda es mostrar más allá de lo cotidiano, una ironía dirigida a la industria convencional del cine porno, donde ya no saben qué más mostrar ni qué límite de degradación sobrepasar.

Art farm es su transgresor proyecto de convertir a los cerdos en obras de arte. El proceso es bastante simple. Delvoye compra los animales, los engorda en un criadero, los seda y los tatúa. Después los vende a precio de obra artística o continúa criándolos hasta que mueren por causas naturales. “El cerdo es un animal muy cercano al hombre. El tatuaje es una decoración que no los afecta. No les duele. No es cruel. Es una forma de agregarles valor”, explica el artista. No hace falta aclararlo, pero es un clásico: organizaciones de defensa al animal han elevado quejas al desarrollo de Art farm. Delvoye contestó una y mil veces que es más cruel la actividad que se realiza en los mataderos, desde donde se abastece diariamente la mesa de la tercera parte de la población mundial.

Cloaca es su obra cumbre. Asesorado por un equipo de ingenieros y científicos, el artista logró copiar el proceso digestivo completo; el resultado es una máquina que convierte dos platos diarios de comida en heces: materia fecal químicamente exacta a la humana. Desde 2002 que Delvoye viaja por el mundo mostrando el dispositivo en funcionamiento. Lo más cómico es que la caca que produce la vende en las muestras, encerrada en un frasco de Erlenmeyer, a precios exorbitantes. De más está decir que tanto la afluencia de público como las ventas de materia fecal enfrascada son un éxito.

El logo de Cloaca utiliza una suerte de muñeco que emula el de la empresa Mr Clean, la tipografía de Coca-Cola y el fondo ovalado azul de Ford. Es decir, toma los elementos identitarios de tres corporaciones multinacionales gigantescas para ponerlas al servicio de una máquina que produce caca.

Desde lo conceptual, más allá de la crítica a los engranajes del capitalismo, la obra busca una revaloración de los procesos vitales del hombre. La máquina no produce nada, simplemente ofrece desperdicios en forma deshumanizada. El precio de esos desperdicios no es casual, es justamente donde cierra el golpe a los modos de producción del mundo contemporáneo.

El artista señala que nadie repara en la complejidad de los procesos del cuerpo, simplemente expulsa las heces por un tubo sin prestar atención. “Es momento de dejar de tratar a la mierda como mierda. La sociedad hace de la mierda algo poco relevante, pero definitivamente lo es”, apunta.

Recientemente, Delvoye adquirió el castillo medieval de Corroy (Gembloux, Bélgica), donde va a poner en funcionamiento un museo de arte contemporáneo. Corroy es uno de los castillos medievales mejores conservados de Bélgica; cuenta con siete torres, una capilla gótica, pasadizos secretos y 5.000 metros cuadrados habitables rodeados por un foso y doce hectáreas de terreno.

Cloaca

Bach: rock en el siglo XVII

Johann Sebastian Bach (1685 - 1750) fue un compositor absoluto, no hay banda de rock que no haya metido mano en sus partituras en busca de un poco de inspiración. Paul McCartney bajista de The Beatles ha reconocido que siempre fue una de sus mayores fuentes de consulta, de eso no hay dudas, la canción Blackbird, incluida en el álbum blanco, es básicamente un robo. Es lógico en parte, las formas de composición de Bach se adelantaron dos siglos al jazz y al rock; Bach fue, ni más ni menos, el primer músico que abrió el juego a la improvisación. Antes de él, sólo se ejecutaba la música que estaba escrita.

Cuentan sus biógrafos que durante los tiempos de Weimar (principios del XVIII), Bach llegó a ser insuperable en el órgano, incluso inventó una nueva forma de colocar las manos sobre el teclado, la misma que se utiliza hoy, más cómoda y veloz. Su fama se extendió por toda Alemania, hasta llegar a oídos de Jean Louis Marchand, un talentoso (pero engreído) músico francés que estaba dispuesto a desafiar a don Johann Sebastian para demostrar su virtuosismo.

El rumor ingresó en el círculo más íntimo de Bach, pero él no quería seguirle el juego a este tipo de propuestas. Es fácil imaginar que, para la época, un desafío de ese tenor era una prepotencia. A regañadientes, empujado por funcionarios y admiradores que le decían que defienda la música alemana, aceptó.

El encuentro tendría lugar en casa del conde Flemming; como era de esperar, se llenó de gente: damas, caballeros, curiosos y bufones de medio tiempo. A Bach se lo veía tranquilo, confiaba ampliamente en sus capacidades. Al francés no se lo veía por ningún lado. Pasaron más de dos horas y nada, entonces enviaron a un criado a su casa para buscarlo. Al regresar, el sirviente fue muy claro: monsieur Marchand había ido a escondidas a escuchar un concierto de Bach la noche anterior y reconoció que no podía competir con él. Esa misma mañana, con las primeras luces, se escapó de la ciudad en su carro. Al parecer, lo más convenientes para su fama era no acudir al desafío.