elefante pixelado

arte contemporáneo - biografías inéditas - ensayos


Stelarc

La imagen de su cuerpo flotando, metafóricamente aislado de la realidad, ha recorrido el mundo entero. La performance fue titulada Suspensions, Stelarc (1946) armó un mecanismo simple: atravesó su piel con 18 ganchos, cada gancho tenía atado un hilo que a su vez estaba atado a una piedra. El total de piedras utilizadas equilibraban el peso total del sistema, entonces el artista quedaba en el aire. Fue una obra polémica, pero no sólo por la primera impresión que causó (ver un cuerpo clavado a una serie de ganchos no es poca cosa), la intención fue demostrar que la materia que compone el cuerpo humano se puede contrarrestar con unas simples piedras, una reflexión sobre el valor de su existencia.

Suspensions, con cada exhibición, aumentaba su complejidad. Por ejemplo en Japón, el artista se colgó de un globo de aire caliente; en Copenhague fue suspendido por una grúa y elevado por casi media hora a más de 60 metros. Fue el punto de partida a su búsqueda dentro del campo del bodyart cibernético. Impulsado por las ideas del filósofo Marshall MacLuhan, desde principios de la década de 1970, su intención es diseñar una vida posthumana, crear un híbrido mezcla de hombre y máquina que evolucione a partir de la interconexión con una red de ordenadores, otros posthumanos y cualquier aparato tecnológico de uso cotidiano.

Hay dos conceptos fundamentales en la obra del griego-australiano Stelarc, por un lado la idea de que el cuerpo humano está obsoleto, plagado de limitaciones que la tecnología puede suplir. Y por otro, la noción de Tecnoevolución, la interacción a nivel biológico entre el cuerpo y los adelantos científicos, propósito que queda evidenciado en Third arm [Tercer brazo]. Stelarc adjuntó a su cuerpo un dispositivo robótico que simula a un brazo humano, controlado por impulsos nerviosos, con independencia de movimientos, muchos de ellos imposibles para la anatomía convencional. Por ejemplo, la mano electrónica es capaz de rotar 300 grados.

Una de sus creaciones más sorprendente es Ear on arm [Oído en el brazo]. Tal cual anuncia el nombre, Stelarc se implantó una oreja de cartílago humano en su antebrazo izquierdo, el fin no era sólo expandir sus capacidades perceptivas, sino también las de la gente que interactúa con él. La oreja contaba con un chip con bluetooth que comunicaba vía internet, a todo el mundo, los sonidos que captaba durante la performance. La oreja finalmente le causó complicaciones y tuvo que quitársela.

En cada una de sus creaciones, el artista subraya que la cibercultura y la era de la información son en realidad un desafío para el ser humano; la evolución biológica lleva a una parálisis, a un ser defectuoso para impulsar una verdadera expansión mental al servicio y la velocidad del mundo contemporáneo. “La evolución acaba cuando la tecnología invade el cuerpo. El cuerpo no debe entenderse como sujeto, sino como objeto, pero no como objeto de deseo sino como objeto de diseño”, explica Stelarc.

También ha utilizado los órganos de su cuerpo como instrumentos musicales, pero no en base a los sonidos naturales, sino forzándolos con agentes externos. Por ejemplo, grabó piezas de música electrónica con los latidos de su corazón alterado en potencia y ritmo por medio de convertidores Doppler. También amplificó los sonidos de sus rodillas y de su estómago.

Su obra Muscle Machine es un robot de cinco metros de diámetro que camina con sus seis patas hidráulicas. Es una máquina-hombre que consta de musculatura propia, altamente flexible, realizada con goma y pistones metálicos. En el centro se ubica la persona que lo va a conducir, su cuerpo está conectado al robot para accionar el sistema de un modo completamente intuitivo. Sólo es necesario mover el torso y las extremidades para generar movimientos. En base a una serie de decodificadores, las articulaciones de la cadera proporcionan los datos necesarios para dirigir la máquina, desde variar la velocidad a la que viaja hasta accionar la motricidad fina. El operador, por ejemplo, con solo levantar una pierna levanta tres patas del robot. Es una interfaz directa, el cuerpo y la máquina funcionan al unísono, como una sola pieza.

Stelarc refuerza con Muscle Machine el intento de convertir al ser humano en una máquina cibernética, dotarlo de mayor adaptabilidad para cualquier medio. Sin piel ni órganos, sólo con componentes electrónicos, tendría la posibilidad de vivir en cualquier lugar, incluso en otros planetas.

Walking head robot, desarrollado en 2006, todavía da un paso más. Es una máquina de seis metros de diámetro que, a diferencia de Muscle…, ubica en el centro de operaciones a un sistema electrónico, representado en una pantalla de LCD donde aparece un rostro humanoide. El robot tiene un sensor de ultrasonido que detecta la presencia de una persona delante de él. Cuando esto sucede, comienza a moverse, interactúa, con la persona y el espacio: si está en una sala cerrada capta la distancia entre las paredes o cualquier otro objeto. Nunca se golpea, y cuando no hay movimiento a su alrededor se mantiene quieto. También, mediante un menú digital de opciones, se le pueden realizar modificaciones en su comportamiento y apariencia.

Según Stelarc, el Walking head… se convertirá en un sistema virtual-real en el que sus movimientos de piernas mecánicas actuará en consonancia con sus modificaciones faciales, giros, vocalizaciones y cualquier otra forma de expresión. Todavía está en etapa de desarrollo.

Una idea latente en la obra de Stelarc es la búsqueda de la inmortalidad. La sustitución de componentes biológicos por tecnología artificial permitirían una mayor durabilidad, e incluso habilitar nuevos contextos para la vida. El artista trabaja en la posibilidad de explorar el espacio, asegura que la interconexión entre entes posthumanos, armados con brazos robóticos, permitirán tocar asteroides e instalarse en superficies lejanas. Y aunque se pueda interpretar alguna connotación religiosa en el diseño de sus conceptos, Stelarc es muy claro al respecto: su obra no entiende de existencias divinas, avanza por fuera de cualquier dogma místico.

Stelarc – Obras

Usman Haque: Sky Ear

El artista inglés Usman Haque caminaba por un parque en busca de señal para su teléfono celular; se detuvo, miró el cielo y comenzó a imaginar qué sucedería si las señales electromagnéticas que cruzan el mundo se pudieran ver. Las de radio, las de televisión, las de internet y las de su propio móvil. Imaginó un cuerpo ondulado, algo parecido a una sucesión de planos entrecruzados, volumétricos e intermitentes. Así apareció el primer boceto de Sky Ear, una de sus obras cumbre.

El concepto, plenamente contemporáneo, es hacer visible lo invisible: presentar en forma explícita el funcionamiento de las realidades no tangibles. Sky Ear es una nube conformada por mil globos inflados con helio que emite un destello multicolor a medida que varían los campos electromagnéticos. Las variaciones son controladas por los mismos espectadores; es decir, con sus propios teléfonos celulares llaman a la nube, esto genera una alteración electromagnética que se visualiza en una impactante fluctuación de colores; además se pueden escuchar los sonidos que producen estos cambios. La nube flota en el cielo, a casi 100 metros de altura.

Sky Ear puede enmarcarse dentro de una búsqueda arquitectónica que cuestiona los espacios que genera la cultura digital. En la actualidad, pensar un espacio no es sólo diseñar estructuras monumentales y estáticas, sino encontrar una armonía entre los espacios duros [hard spaces] y los espacios dinámicos [soft spaces], que suelen ser invisibles pero que están necesariamente presentes.

Cada uno de los globos está equipado con sensores que se alteran ante cualquier cambio electromagnético en la atmósfera, desde una señal de control remoto de un garage hasta una estación de radio. Al reunir un grupo de espectadores que genera modificaciones, la nube brilla en todo su esplendor. Cada luz está construida en base a un moderno circuito de seis luces de led que se van combinando para generar millones de colores. Los globos se intercomunican entre sí con rayos infrarrojos, lo que permite emitir nuevas señales y crear patrones más grandes a medida que suceden los cambios electromagnéticos. Cada globo está sujeto a una estructura liviana de fibra de carbono de 25 metros de diámetro, atada a tierra por seis cables ultra resistentes. La altura donde viaja la nube depende de las condiciones meteorológicas. Cada presentación dura entre tres y cuatro horas.

Otro punto interesante es el sonido en tiempo real que se genera con los cambios, que son ruidos que potencialmente siempre están en la atmósfera pero que no son amplificados, entonces se pierden. En este caso se pueden escuchar por el auricular del móvil: silbidos, golpes, distorsiones y descargas que sólo en días de tormenta eléctrica se hacen presentes por su intensidad

Sky Ear fue lanzada al aire por primera vez en septiembre de 2004, en el Parque de Greenwich de Londres. Luego se puso en acción en distintas ciudades de Europa, entre ellas Fribourg (Suiza) y Berlín (Alemania).

Dentro de la misma línea, aunque con un concepto distinto, Haque desarrolló recientemente el proyecto Control.Burble.Remote: un cuerpo de dimensiones monumentales, también construido con globos que modifican su color, con la diferencia que los espectadores debían llevar los controles remoto de los artefactos de su propia casa para generar los cambios. El sistema reconoce los rayos y lo expresa con luces de led intermitentes.

Usman Haque - Control.Burble.Remote