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Christian Boltanski

Los años de su infancia probablemente hayan sido los que empujaron al artista francés Christian Boltanski (1944) a trabajar en base a la idea de memoria, pasado, vida y muerte. París; madre cristiana, padre judío. El fantasma del holocausto y la reconstrucción de un continente anulado por la violencia están presentes en sus obras más tempranas, que comienzan a tomar forma utilizando como soporte objetos simples y cotidianos de aquellos que no están, fotografías, cartas, libros subrayados, muebles, dentaduras postizas, latas de galletitas, vajilla, etc.

Boltanski reúne en sus instalaciones pertenencias de uso diario provistas de una carga emocional que permiten reconstruir a una persona; no es la historia propia del objeto lo que importa, sino la historia que el objeto puede narrar. El contexto, las grietas, el color, el paso del tiempo: en ese interlineado detiene su atención persiguiendo señales. Es una interrogación sobre la muerte y una reinterpretación de lo que también se puede denominar como restos mortales.

Algo que el artista deja bien en claro es que no agrupa objetos por lógica de acumulación ni busca compasión nostálgica. Hay un trabajo rico en luces y sombras para construir una metáfora. Un ejemplo clave es su libro de artista Reconstrucción de un accidente que todavía no me ha sucedido y en el que encontré la muerte (1969), donde anticipa, con material visual, su desaparición física. Ese mismo año desarrolla la instalación Búsqueda y presentación de todo lo que queda de mi infancia, y la serie de postales Fotografía de la hermana del artista cavando en la playa. Un año después expone las fotografías Christian Boltanski a cinco años y tres meses de distancia y Christian Boltanski y sus hermanos. En estas obras queda explícito el deseo del artista de dejar una marca inmediata de su existencia; y justamente elije un soporte tan universal como la fotografía para crear un lazo de autoreconocimiento en el espectador, además de sumar una línea de análisis sobre la permanencia y lo inevitable de la muerte.

Hay un componente aterrador en sus creaciones, tal vez relacionado la propia naturaleza del objeto que quedó en su lugar luego de la muerte de su dueño, aquello que es tangible y que en alguna medida marca el ritmo de los recuerdos. En su obra Monumento (1985) emplea fotos de él mismo, que va agrupando desproporcionadamente hasta llevar al espectador a que se encierre entre tres muros. Para Cortinas blancas (1996) imprimió fotografías en tela y las atravesó con un haz de luz que genera un efecto como si la imagen se estuviese diluyendo, en paralelo, colgó ropa usada (en ganchos y estantes) para que el espectador tenga siempre presente el olor característico de la ropa guardada. Cortinas… es una forma de interpretar cómo la imagen se pierde en la memoria, pero se conserva en otros objetos, mismo recurso que utilizó en Muertos (1993), donde expuso ropa usada como si fuera un depósito.

Con el correr de los años, Boltanski fue modificando su estética. Entre otras cosas, se alejó de espacios convencionales de exposición artística. Por ejemplo, en Lost property (1998) expuso en la estación de Tren Tramway los objetos perdidos que fueron encontrados en el lugar y ya llevaban más de seis meses sin que nadie los reclame. O Cloaca máxima (1994), donde expuso en una vitrina gigante todo tipo de objetos rescatados de una alcantarilla en pleno centro de Zurich.

Su última gran obra, La mano de dios (2010), está integrada por una pila de ropa de diez metros de alto y una gran pinza de hierro (con cinco dedos) que toma cientos de prendas, las eleva en el aire y las suelta. El espacio (el Grand Palais de París) está envuelto en una atmósfera sonora de corazones latiendo. Cada prenda representa a alguien; la mano es dios: es azar puro la elección de quien muere: no hay juicio, lección moral ni criterios. En el piso hay desparramada ropa por millones. La búsqueda, dice Boltanski, es que el espectador esté incómodo, igual que en esta sociedad, que vive a todo precio de la vejez y la muerte. “Es la idea del dedo de dios. ¿Por qué se muere quién? No hay explicación. Le toca a quien le toca -agrega-. A partir de cierta edad uno ya sabe que está caminando sobre un campo minado”. La obra es efímera, igual que el paso del hombre por la vida. La ropa, al finalizar, fue donada a una institución de bien público.

Actualmente, Boltanski, a quien algunos críticos lo ubican dentro del movimiento post-conceptual, está trabajando sobre una mega-instalación, esta vez dedicada a la vida.

La mano de dios

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